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Vicky Dávila y el fracaso de una campaña

Vicky Dávila y el fracaso de una campaña

Carlos Escalante

Consejero Político Estratega General

Hace menos de un año, Vicky Dávila aparecía en varias encuestas con cerca de 22% de intención de voto. Era junio y su nombre irrumpía con fuerza en la conversación política. Para muchos parecía consolidarse como una de las figuras con mayor potencial en el campo opositor.

Hoy la realidad es otra. El resultado de la consulta de este domingo deja una pregunta inevitable: ¿qué pasó con Vicky Dávila?

La respuesta es más simple de lo que parece. Nunca entendió de qué se trataba una campaña electoral.

Dávila llegó a la política con un capital importante: reconocimiento público, credibilidad en un sector del electorado y una larga trayectoria en el periodismo desde Revista Semana. Durante años su papel fue denunciar, investigar y cuestionar al poder. Ese es el trabajo de un periodista.

Pero una campaña electoral no es un programa de denuncias.

Su candidatura terminó atrapada en una sola idea: atacar al gobierno de Gustavo Petro. Cada intervención, cada mensaje, cada discurso giraba alrededor del mismo eje: señalar errores del gobierno y hablarle exclusivamente al antipetrismo.

El problema es que una candidatura no se construye solo desde el rechazo.

Colombia no es un país compuesto únicamente por antipetristas. Existe un amplio sector de ciudadanos que votaron por Petro o que simpatizan con algunas de sus ideas, aunque hoy tengan críticas hacia su gobierno. Ese electorado —más moderado, más pragmático— suele ser el que define las elecciones.

Y a ese país Vicky Dávila nunca le habló.

En lugar de construir una propuesta de país, su campaña se dedicó a repetir denuncias. En lugar de ofrecer soluciones, se concentró en amplificar la confrontación. En lugar de generar esperanza, se quedó instalada en la indignación permanente.

Pero la indignación no es un programa de gobierno.

Los ciudadanos tienen problemas mucho más concretos que las peleas políticas: la inseguridad que crece en las ciudades, el colapso del sistema de salud, la falta de empleo, el costo de la vivienda, las oportunidades educativas para sus hijos.

Esos son los temas que deciden elecciones.

Cuando una candidatura se dedica exclusivamente a la confrontación ideológica, termina hablando únicamente con quienes ya están de acuerdo con ella. Y en política eso es letal: los convencidos no ganan elecciones; las mayorías sí.

La experiencia de Vicky Dávila deja una lección importante para los outsiders que creen que la popularidad mediática es suficiente para conquistar el poder.

No lo es.

Denunciar no es gobernar.
Criticar no es liderar.
Y atacar no es construir una alternativa.

La política exige algo más difícil: escuchar, proponer, conectar con la gente y ofrecer soluciones reales a sus problemas.

En un mundo ya saturado de polarización, creer que más polarización trae más votos es un error estratégico monumental.

La política, en su esencia, no es un ejercicio de furia sino de servicio. Un acto de empatía con la sociedad y sus problemas.

Tal vez esa sea la mayor lección que deja esta campaña fallida.

Y probablemente también la más dura.

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